sábado, 27 de octubre de 2007

NATURALEZA HUMANA

Me pasa que no me sé, no me nombro, no me vivo. Me pasa que me pierdo entre tanto ruido tan ajeno a mi verdad.
Me busco entre paisajes y gente, me busco en el incesante traficar de una ciudad sorda, ciega y muda... una ciudad abarrotada de calles con vitrinas relucientes que buscan seducir a mi bolsillo en el engaño de sus luces.
Calles con perros y niños sucios, que evito mirar haciéndome parte de la estampida humana que corre tras el verde del semáforo. Me busco entre tantas caras de personas ajenas a mi propia historia.
Me busco en la jauría loca.... tras un espacio en la micro, tras un cajero automático o simplemente tras la oferta del día en “Almacenes Paris”...
Me pierdo en las razones “sin razones” que pueblan mi existencia condenada; me pierdo en la lejanía del sentido de este “sin sentido” en que venero a la patria y la bandera.
Me voy perdiendo entre la multitud ocre de mis mañanas sin desayuno luchando por ganarle minutos al tiempo...
Y vivo, sigo viviendo. En este espacio global y difícil en que se derrumban sueños y torres- con la ironía global que tienen las desgracias- poniendo así, una vez más, en juicio público a los buscadores de quimeras.
No hay espacio para mi búsqueda entre las miradas desconfiadas que me evalúan con sospecha a causa de mis pantalones remendados y mi eterno chaleco roto. No hay encuentro posible si me desechan a primera vista por no calzar a medida con el molde pre definido (encantador, sonriente y curvilíneo) de una señorita “bien”.
Unos ojos me miran insistentes, un rostro moreno me ofrece mote y digüeñes, compro mirando esas manos antiguas curtidas de trabajo y tierra, manos hacedoras de pan, manos que tejen y labran la huerta, manos que contienen en sí un antiguo relato que se deja contar como un río correntoso, como el canto de los pájaros, como la brisa en la hierba, ese cuento que nadie oye, que yo no oigo, pero que está vivo, oculto en cada recóndito lugar de esta ciudad...
Trato de verme en ese rostro, lleno de sol e historia y, sin embargo, no soy yo... quiero encontrarme en el remanso tibio y quieto de la orilla de un estero; oloroso a hierbas y tierra húmeda, pero no es mi lugar.
Me detengo a pensar, a pensarme. Soy un código en una tarjeta de plástico que me permite dinero automático y comida de mentira... una tarjeta que me designa un código de barra para leer y abrir puertas que, desde hace un tiempo, carecen de una sencilla manija.
En este mundo de chips y números, mi password me permite acceso a la ventana de la Web en internet... pero no me encontraré en el sistema binario de la globalización instantánea, ni en los botones de un “mouse” que no activaran ningún programa Microsoft en mi...
Mi naturaleza humana es más simple que la luz eléctrica y más compleja a la vez.
Mi naturaleza humana es lo que suelo perder en el torbellino de lo cotidiano.
Mi naturaleza humana me hace tu semejante, y contigo quisiera avanzar a veces, cuando el frío hace menos soportable esta soledad.
Mi naturaleza humana me hace sentir y soñar, y por eso he venido, a ver si por fin hoy nos sentamos un rato... a conversar.

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